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| Grupo de poetas del 27 |
Antes de empezar a hablar de la misma, es necesario referirse al papel que jugaron las vanguardias (sobre todo el surrealismo) en esta generación y a la figura de Ramón Gómez de la Serna, que es quien propició las vanguardias en España.
En efecto, Gómez de la Serna fue el verdadero promotor y difusor de los vanguardismos en nuestro país. Escribió obras de todo tipo (teatro, poesía, ensayo, biografías, etc.) pero la base de todas ellas fueron las greguerías (ingeniosas metáforas llenas de humor) que es lo que le da a la obra en cuestión ese aspecto de fragmentación y escamoteo de la realidad. Gómez de la Serna con sus greguerías se convirtió en un maestro más, junto a Juan Ramón Jiménez, de los poetas del 27. Serán los maestros coetáneos.
Con este grupo poético se alcanza la edad de plata de la poesía española. Está formado por una serie de escritores nacidos entre 1892 y 1902 que se dan a conocer a partir de 1920. El nombre de la generación se debe al homenaje que algunos poetas del grupo dieron a Góngora (maestro lejano) en el Ateneo de Sevilla en 1927. La componen escritores que recogen influencias muy variadas que van desde la tradición hispánica (Garcilaso, san Juan, el romancero, Góngora, por supuesto, etc.) hasta acabar en el contexto europeo de las vanguardias (dentro de la tendencia de la pureza estética y la deshumanización del arte). En realidad estamos ante un grupo de poetas de personalidad literaria muy peculiar en cada caso, pero podemos establecer tres épocas en casi todos ellos que vendrían a resumir su trayectoria poética.
En una primera etapa, que iría de 1920 aproximadamente hasta el 28 o 29, se ve en todos ellos la influencia de Bécquer, del modernismo y el magisterio de Juan Ramón, que les orienta hacia una poesía pura. Así ocurre con los primeros libros de Pedro Salinas (Fábula y signo, Seguro azar), donde se ve el anhelo de depurar el poema de la anécdota humana y de perseguir la perfección formal, como ocurre también con Cántico de Jorge Guillén. Pero lo humano sigue latiendo, pese a todo, no sólo en ellos, sino en la primera poesía de Lorca (Canciones, Romancero gitano) o de Alberti (Marinero en tierra, El alba del alhelí). También hay un primer Gerardo Diego impregnado de romanticismo becqueriano (El romancero de la novia, Versos humanos) que convive con el vanguardista. Aleixandre en su primera época (Ámbito) estará también influido por el modernismo de Rubén, Machado o Juan Ramón, así como el Cernuda de Perfil del aire, donde se observa también el rastro de Bécquer.
El segundo momento se caracteriza por una deshumanización cada vez mayor de la poesía. Coincide esta etapa con la influencia del surrealismo sobre todo, aunque hay algún otro movimiento de vanguardia que influye en alguno de ellos, como el creacionismo en Gerardo Diego (Imagen, Manual de espumas). Excepto en el caso mencionado y en el caso de Guillén y Salinas (bajo la influencia de la poesía pura como en la etapa anterior), en los demás será el surrealismo el que caracterice esta etapa, que irá del 28 o 29 hasta el 35 más o menos. En esta época se insertan libros como Poeta en Nueva York o Sobre los ángeles, de Lorca y Alberti respectivamente. También estarían los libros de Cernuda Un río, un amor y Los placeres prohibidos, o los de V. Aleixandre Espadas como labios y La destrucción o el amor. En todos estos libros se puede percibir una liberación de la imagen, desatada de bases lógicas, y un enriquecimiento prodigioso del lenguaje poético. Pero nunca estamos ante un surrealismo ortodoxo, nunca ante la rigurosa creación inconsciente o ante la escritura automática.
La tercera etapa coincide con los años de la guerra y los que siguen a esta, aunque ya se venía fraguando desde antes la urgencia de una literatura social. Un dato significativo es que Neruda, residente en Madrid, publica en 1935 un manifiesto por la poesía impura, es decir, inmersa en las circunstancias humanas y sociales más concretas. Pasa la guerra civil. Lorca ha muerto, y los demás siguen trayectorias distintas dependiendo de las circunstancias personales de cada uno. Alberti y Cernuda parten hacia el exilio y la nota dominante en ellos será, en gran parte, la nostalgia de la patria perdida: Entre el clavel y la espada de Alberti o Las nubes y Como quien espera el alba de Cernuda. En Cernuda, además, estará presente siempre y de forma dolorosa el amor, un amor frustrado e imposible, un amor anhelado que choca con la realidad circundante (lo que explica el título general de su obra: La realidad y el deseo). Y Aleixandre ve la necesidad de abrir la poesía hacia un humanismo más solidario, sobre todo a partir de Historia del corazón.
Merecen una alusión los casos de Miguel Hernández y Dámaso Alonso, incluidos por muchos críticos dentro de esta generación. El primero de ellos está claro que es un hermano menor de los poetas del 27. Por edad pertenecería a la generación del 36, pero por su trayectoria y por las relaciones con poetas como Lorca o Alberti es sin duda un epígono de estos. Su obra Perito en lunas, que exhibe de forma extraordinaria la moda gongorina con metáforas barrocas muy herméticas, bastaría para ponerlo en conexión con esta generación. En cuanto a Dámaso Alonso (él mismo lo decía), tiene una poesía muy distinta a los poetas del 27, aunque sí se relaciona con ellos a través de su labor de crítico, esa labor lucidísima que llevó a cabo con los poemas mayores de Góngora, desentrañando su sentido. Por el tipo de imágenes surrealistas que se encuentra en Hijos de la ira también podríamos relacionar esta obra con el grupo del 27.

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